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‘El Poeta’ de Amadeus Raven: Capítulo VIII

CAPÍTULO VIII

ERIKA COVACI

Óscar Osorio conoció a Érika Covaci ocho años antes que Rebeca, trabajando como Trabajador autonomo para un periódico de distribución gratuita, a los treinta y cuatro años él y algo menos ella, que llegaron a España con los primeros movimientos de emigrantes de la Rumanía post-Ceausescu, buscando escapar de la miseria, con la incertidumbre en el alma y tres uno- niña de un año de edad con cabello rubio platinado y ojos grandes que nunca sonreían.

El nuevo siglo ofreció a los emigrantes rumanos una oportunidad en forma de antiguos trabajos, especialmente en la construcción para los hombres y la hostelería para las mujeres.

Cuando se conocieron, ella ya llevaba cuatro años en España y hablaba español con fluidez. Se comportaba con determinación y eficiencia como camarera detrás de la barra donde se amontonaban los clientes, a los que calificaba internamente para medir el grado de complicidad, simpatía o indiferencia con que podía tratarlos.

Erika era delgada como una gacela, y su parecido con ese antílope no terminaba ahí, pues se acentuaba en sus larguísimas piernas y su natural tendencia a huir del peligro, al menos en lo que a ella respectaba.

Porque cuando Oscar entraba al bar donde trabajaba y se sentaba en el espacio que estaba libre, ella instintivamente se alejaba de ese lugar para tomar cualquier cosa innecesaria, o para ponerse lo que parecía ya colocado, o para preguntar a otros clientes si lo necesitaba de algo. que nunca necesitaron.

Observó discretamente los movimientos ágiles y elegantes de la camarera y los intentos de muchos clientes de entablar conversación con ella.

Erika despidió secamente a los que venían con un trago extra oa los que insistían demasiado en pedirle su número de teléfono y se divertía con los más comedidos o con los que iban acompañados de sus esposas.

Él era el foco de atracción de aquel bar del centro de Madrid, donde había momentos, al caer la noche, en los que parecía levitar sobre los clientes y reinar sobre sus corazones.

A Óscar no le importaba la distancia con la que ella lo trataba y hasta lo divertía, porque lo hacía sentir especial. Se limitó a tomar el trago que pidió a otra mesera, con quien intercambió una conversación mínimamente educada e insustancial mientras observaba la variada mezcla de propuestas que le quedaban a Erika en la barra.

Sabía que su arma era la persistencia. Sabía que ella descartaría a todos los pretendientes que se le acercaran con la única intención de tener sexo. Sintió que el alma de la gacela era longeva y era una bruja y custodiaba el cielo detrás de guadañas muy afiladas. Sabía que no sería cosechado.

Óscar se escondió detrás del silencio, en cierta indiferencia no exenta de bondad. Sabía que ella lo estaba evaluando desde la distancia mientras dejaba que la otra camarera lo sirviera y que un día se acercaría y lo miraría a los ojos.

O al menos eso es lo que pensó al principio. Porque entonces todo cambió.

Erika dejó de trabajar en el turno de la tarde y él la acechó al turno de la mañana avergonzado. Algo se le había escapado. Se sintió estúpido y sin alma cuando un día la vio entrar en el bar de la mano de un tipo calvo y musculoso que parecía dedicado a liderar un ejército de porteros que controlaban la entrada a muchas de las discotecas de Madrid.

Estaba claro que había recibido una oferta que él nunca podría igualar, deslumbrada por el nuevo anillo de diamantes que lucía en el dedo que hizo retroceder al periodista en su modesto todoterreno, dejando paso al BMW M5 del cazador de gacelas que era. presa de camarera en unas pocas semanas.

Óscar dejó de ir al bar un mes después de que ella se despidiera y no lo hizo antes para que no se notara demasiado su desastre.

En su mente, esos meses posteriores a la desaparición de Erika de su vida estaban inmersos en una especie de niebla que no le permitía ordenar los recuerdos con exactitud. Deambuló por varios medios de comunicación donde le pagaban mal y llegaba tarde, e incluso trabajó como pequeño corredor de bienes raíces en un trabajo en el que no se reconocía y en el que tocó fondo en su autoestima.

Recordó un invierno muy duro con las luces apagadas y durmiendo durante una semana casi muriendo de frío bajo tres cobijas pequeñas sin atreverse a ir a buscar ayuda social.

Óscar no se reconoció en el hombre que sufrió todo esto y se reconoció en el que sobrevivió y resurgió de las cenizas, renaciendo en una primavera que le dio un clima más benigno y un nuevo cargo de redactor permanente en una publicación solvente.

Fue entonces cuando desarrolló un instinto de supervivencia que determinó su personalidad y su forma de actuar con mucha más fuerza de la que creía. Se especializó en crónicas de sociedad y llegó a entender el periodismo como un negocio basado en contactos y complicidades que daban una exclusividad bien pagada.

Y de nuevo, todo ha cambiado.

La encontraron en otro bar un año después.

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